La comunicación, como reflejo de nuestra sociedad, ha experimentado una transformación radical en las últimas décadas. Este cambio ha sido impulsado por la revolución digital, que ha alterado no solo cómo nos comunicamos, sino también la naturaleza misma de nuestro mensaje y audiencia.
En los años 90 y principios de los 2000, la comunicación estaba dominada por los medios tradicionales: televisión, radio y prensa escrita. Estos medios ofrecían un flujo de información unidireccional, donde el público era principalmente un receptor pasivo. La llegada de Internet y, más tarde, de las redes sociales, cambió el panorama. La comunicación se volvió más interactiva, con una audiencia que no solo consumía contenido, sino que también lo creaba y compartía.
Este cambio trajo consigo un optimismo inicial sobre el potencial democratizador de Internet. Se esperaba que las redes sociales y las plataformas digitales permitieran una participación más amplia y un diálogo más abierto. Sin embargo, esta visión idealista no tardó en enfrentarse a la realidad. La información comenzó a ser utilizada no solo para informar, sino también para influir y, en ocasiones, manipular.
En el ámbito del desarrollo, estos cambios han tenido un impacto significativo. A principios de la década de 2010, existía un optimismo palpable en torno a cómo el mundo digital y las redes sociales podrían facilitar la participación y el diálogo en temas de desarrollo global. Pero, como en otros sectores, este campo no ha sido inmune a los desafíos que trae la era digital.
Un ejemplo claro de este cambio se observó tras eventos como WikiLeaks en 2018. Estos acontecimientos marcaron un punto de inflexión, haciendo que los actores internacionales volvieran a una comunicación más estratégica y controlada. La comunicación en el desarrollo digital, que comenzaba a integrar una comunicación abierta y participativa, comenzó a enfocarse más en controlar el mensaje y gestionar la información para una percepción pública favorable.
Este enfoque ha dejado en segundo plano aspectos cruciales de la comunicación, como la escucha activa y el feedback, elementos esenciales para entender realmente las necesidades y perspectivas de las comunidades con las que trabajamos.
En mi experiencia personal, he observado cómo la digitalización de la comunicación ha influido profundamente en las normas, valores, métodos de trabajo y estructuras de las instituciones activas en el desarrollo sostenible. Este proceso, muy bien descrito en el libro de Ilan Manor, ‘The Digitalization of Public Diplomacy’, ha traído consigo un cambio de paradigma significativo. Durante esta transición, las organizaciones han tenido que adaptarse a nuevos métodos y estilos de trabajo, creando diferentes estilos y a veces desequilibrios a la hora de comunicar.
Algunos actores han logrado gestionar con éxito el diálogo digital, mientras que otros combinan este enfoque con métodos más tradicionales de diseminación de información a través de los medios de comunicación. Sin embargo, hay quienes, conscientes de los riesgos de una apertura digital, optan por limitarse a difundir mensajes que reflejan únicamente su visión en canales de consumo pasivo.