En los últimos meses, prácticamente cada conversación profesional que tengo incluye la pregunta: «¿Cómo estás usando la inteligencia artificial (IA) en tu trabajo?«. Como si fuera una varita mágica que automáticamente mejora todo lo que tocamos. Pero después de observar cómo diferentes organizaciones abordan el uso de esta tecnología, me surge una reflexión: creo que estamos haciendo la pregunta equivocada.
En lugar de preguntarnos cómo usar la IA, deberíamos preguntarnos para qué la necesitamos realmente. Porque la diferencia entre ambas preguntas marca la línea entre la adopción tecnológica reflexiva y el simple seguimiento de tendencias.
Como profesionales de la comunicación, especialmente quienes trabajamos con organizaciones que buscan generar impacto social real -ya sea a través de, por ejemplo, la diplomacia cultural-, tenemos la responsabilidad de abordar esta tecnología con criterio. No para rechazarla por principio, ni para adoptarla acríticamente, sino para entender cómo puede amplificar nuestras capacidades sin reemplazar lo más valioso de nuestro trabajo: el criterio humano.
La falsa promesa de las respuestas automáticas
Una de las narrativas más extendidas sobre la IA es que nos dará respuestas más rápidas y precisas. Chatbots que responden consultas, algoritmos que segmentan audiencias, sistemas que generan contenido optimizado para cada plataforma. Todo suena eficiente y prometedor.
Sin embargo, esta aproximación parte de una premisa problemática: que nuestro principal reto es obtener respuestas, cuando en realidad lo que más necesitamos es hacer mejores preguntas.
En estrategias de comunicación, las preguntas que hacemos determinan la calidad de nuestro trabajo. ¿Estamos comunicando para informar o para generar acción? ¿Nuestra audiencia necesita más datos o más contexto para poder interpretarlos? ¿El mensaje que consideramos «claro» realmente resuena con las experiencias de quienes queremos alcanzar?
Estas preguntas requieren comprensión de contextos culturales, sociales y políticos que ninguno de los grandes modelos de lenguaje actual -como ChatGPT, Claude o Grok-, pueden captar completamente. Requieren experiencia en navegar dinámicas humanas complejas, especialmente cuando trabajamos con comunidades diversas o abordamos temas sensibles como la desinformación o la construcción de confianza.
La IA puede ayudarnos a procesar información más rápidamente, a identificar patrones en grandes volúmenes de datos o a traducir contenidos a múltiples idiomas. Pero la formulación de preguntas estratégicas, la interpretación de esos patrones y la decisión sobre qué hacer con esa información traducida sigue siendo irreemplazablemente humana.
De la información al insight: el papel irreemplazable del criterio humano
Trabajar en comunicación significa constantemente traducir entre diferentes lenguajes, contextos y marcos de referencia. Cuando una organización internacional quiere comunicar sobre desarrollo sostenible, por ejemplo, el mismo concepto debe resonar con donantes europeos, implementadores locales en África y beneficiarios en Latam. Cada audiencia trae sus propias referencias culturales, prioridades y formas de entender el cambio social.
La IA puede analizar qué palabras clave funcionan mejor para cada audiencia, qué formatos generan más engagement o qué horarios optimizan el alcance. Puede incluso sugerir adaptaciones de tono o estructura. Pero la decisión sobre qué aspectos del mensaje enfatizar para cada contexto, cómo manejar las tensiones entre diferentes marcos culturales o cuándo es necesario ajustar la estrategia completa requiere un tipo de análisis que solo surge de la experiencia humana.
He visto proyectos donde los datos mostraban alta participación en redes sociales, pero las conversaciones cualitativas revelaban malentendidos profundos sobre los objetivos del proyecto. O campañas que generaban métricas excelentes, pero no lograban construir la confianza necesaria para el trabajo a largo plazo.
El criterio humano no solo interpreta datos; también identifica qué está faltando en esos datos. Reconoce cuándo una métrica alta puede estar enmascarando un problema más profundo, o cuándo una respuesta inesperada puede señalar una oportunidad no prevista.
En contextos multiculturales, este criterio se vuelve aún más importante. La IA puede detectar y analizar por qué un mensaje no está funcionando en cierta región, pero solo la experiencia humana puede interpretarlo con rigor. Puede que el problema esté en el idioma, en las referencias culturales, en el momento político o en dinámicas sociales más sutiles.