
Cultura para reparar el espacio común: cómo reabrir el diálogo público
La cultura no repara el espacio común porque cierre conflictos rápido, sino porque puede abrir reconocimiento, presencia compartida y aprendizaje institucional.
Hubo un tiempo en que «ver para creer» era la norma. Hoy, en un abrir y cerrar de ojos, un vídeo creado con inteligencia artificial (IA) o un artículo engañoso pueden cambiar nuestra forma de ver la realidad y erosionar la confianza. ¿Sabías que, según una encuesta de la Unión Europea, el 71% de los europeos se encuentra con noticias falsas en internet varias veces al mes, y un 30% lo hace a diario?
El desafío de la desinformación no es nuevo. Sin embargo, el gran avance de la IA pone estas capacidades al alcance de cualquiera, incluso sin conocimientos técnicos avanzados. Para quienes nos dedicamos a la comunicación, esto va más allá de un problema tecnológico; es un asunto profundamente humano. El paradigma cambió: la presencia digital ya no requiere únicamente ser visible, sino que debe ir acompañada del compromiso con nuestros principios éticos.
Entonces, ¿cómo pasamos de una comunicación que reacciona a una que se fundamenta en nuestros valores? ¿Cómo podemos reconstruir la confianza en una sociedad donde la confusión parece viajar más rápido que la verdad? En este artículo, comparto algunas reflexiones para comprender el gran reto que tenemos por delante.
El mundo académico y las grandes empresas de tecnología a menudo tienen sus propias formas de clasificar la desinformación. Para simplificar, podemos entender la desinformación como información falsa creada y difundida con la intención deliberada de engañar o manipular. Es precisamente esa intención lo que la distingue de la información errónea (o misinformation en inglés), que es contenido falso o inexacto, y que es compartido sin la intención de causar daño, muchas veces porque quien lo difunde cree que es verdad.
En el ámbito de la geopolítica, también escuchamos mucho sobre las operaciones de manipulación e interferencia extranjera en el campo de la información, o su acrónimo en inglés FIMI (Foreign Information Manipulation and Interference). Estas son acciones coordinadas por actores estatales o no estatales con el fin de manipular el entorno informativo de otros países, generar división o desestabilizar procesos democráticos.
Aunque sus orígenes e intenciones varían, y en la práctica no siempre es fácil distinguirlas, todas estas formas de información tienen un resultado común: debilitan la confianza pública, distorsionan el debate y dificultan la participación ciudadana. Sus efectos son palpables: polarización, una desinformación persistente y una creciente sensación de incertidumbre.
Un enfoque estratégico para abordar la desinformación no se limita únicamente al contenido. Si bien las iniciativas de «fact-checking» son importantes, cobra especial relevancia implementar otras medidas que debiliten todo el sistema de manipulación. Para entender de forma integral cómo funciona la manipulación, podemos utilizar el marco ABCDE desarrollado por James Pamment. Este marco nos invita a analizar:
La manipulación informativa no es un fenómeno nuevo; de hecho, uno de los primeros ejemplos que encontramos en la historia se remonta a la donación de Constantino. Todas estas situaciones tienen algo en común: la propagación de rumores. Por eso, al proponer nuestros valores para una comunicación responsable, te propongo inspirarte en las seis directrices que Robert Knapp estableció en 1944 para el control efectivo de rumores. Estas directrices, aunque antiguas, resuenan con una sorprendente actualidad en la sociedad de hoy.
La primera directriz de Knapp nos invita a asegurar la buena fe de los canales de comunicación. Para lograrlo, la transparencia y la honestidad deben ser nuestro primer filtro. Cuando compartimos información, es fundamental verificar su veracidad antes de difundirla, citar siempre las fuentes originales y contextualizar lo que decimos. Y si nos equivocamos, debemos asegurar corregir los errores de forma visible y honesta. Recordemos que construir una cultura de comunicación responsable comienza con el ejemplo que damos.
La segunda directriz de Knapp subraya la importancia de desarrollar la máxima confianza en los líderes. Para conseguirlo, es esencial que la ciudadanía cuente con las competencias fundamentales para fomentar el pensamiento crítico y la alfabetización mediática. Como consumidores de noticias, esto implica preguntarnos quién creó un contenido y con qué propósito, reconocer nuestros propios sesgos emocionales y de confirmación, y aprender cómo operan los bulos y las teorías conspirativas.
Educar a los jóvenes es, sin duda, fundamental, pero no podemos olvidar a otros segmentos de la sociedad, como las personas mayores, que quizás no poseen las mismas competencias tecnológicas. La educación en pensamiento crítico debe extenderse también al ámbito familiar y a través de referentes comunitarios, asegurando que nadie se quede atrás en esta habilidad vital.
La segunda directriz de Knapp también tiene un componente institucional. Las organizaciones e instituciones tienen una responsabilidad determinante al comunicar con claridad y humildad. Lanzar eslóganes y campañas públicas es importante, pero resulta insuficiente si lo que buscamos es generar confianza. Por eso, sus acciones hablan más fuerte que cualquier mensaje inspirador.
Esto implica fomentar espacios seguros para el diálogo y denunciar la desinformación, ofreciendo siempre datos contrastados. Por ejemplo, durante crisis como la del COVID-19, los referentes que informaron con evidencia y empatía contribuyeron a reducir el miedo y los rumores, demostrando que la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace es fundamental.
Las directrices de Knapp también abordan la difusión de ideas. Él aconseja: «Difunde tantas noticias como sea posible, tan rápido como sea posible.» En este terreno, la tecnología se convierte en una gran aliada, especialmente cuando comunicamos de forma proactiva. Como bien señala Nicholas J. Cull en su libro Reputational Security: «En la contrapropaganda táctica, el defensor se ve obligado a luchar en el terreno elegido por su adversario.» Para difundir información con rapidez sin sacrificar la precisión, podemos considerar algunas prácticas:
Knapp recomienda «hacer la información tan accesible como sea posible». En este punto, el canal de comunicación juega un papel fundamental. La tecnología y las redes sociales nos facilitan enormemente esta tarea, pero debemos garantizar que, además de accesible, la información sea segura. Algunas ideas prácticas para lograrlo incluyen usar un lenguaje claro e inclusivo, adaptar los formatos según el acceso digital de cada público, y promover la configuración de filtros de privacidad y la capacidad de reportar contenido inapropiado.
Además, es importante reflexionar antes de publicar: ¿Es realmente necesario lo que voy a compartir? ¿Es respetuoso? ¿Aporta valor?
Este valor es primordial al poner en práctica el quinto pilar de Knapp, que aconseja evitar el aburrimiento, la monotonía y la desorganización personal. Construir comunidades digitales inclusivas y respetuosas puede favorecer un intercambio de ideas basado en principios fundamentales. Esto implica establecer normas claras y aplicar una moderación activa para mantener un ambiente sano.
Es esencial valorar las contribuciones constructivas que enriquecen la conversación y fomentar un diálogo intercultural y empático, donde las diferentes perspectivas sean escuchadas y respetadas. Iniciativas como #SpreadNoHate o Strong Cities Network son ejemplos claros de cómo la acción comunitaria puede contrarrestar eficazmente los discursos de odio y las manipulaciones, evidenciando el valor auténtico de la conexión humana.
La sexta y última directriz de Knapp nos guía hacia nuestro consejo final: un esfuerzo conjunto y consciente para crear una «campaña deliberada contra la difusión de rumores». El fenómeno de la manipulación va más allá de los hechos; se asienta en una profunda crisis de confianza, y no hay atajo técnico que pueda resolverlo. Pero sí contamos con algo poderoso: nuestros valores.
Comunicar desde la honestidad, el respeto y la empatía no es una ingenuidad; es un compromiso que construye realidades mejores. Y, sobre todo, es una necesidad imperante. Este es un trabajo compartido, una responsabilidad diaria para comunicar con cuidado, claridad y coraje. Te invito a que te preguntes:
¿Estoy informando, o estoy conectando?
Hagamos de la conexión nuestro compás. Me encantaría saber tu opinión: ¿qué estrategias pones en práctica para fomentar una comunicación responsable en tu día a día?
Comparte tus ideas conmigo en LinkedIn. También puedes leer otros artículos en mi blog para seguir profundizando en estos y otros temas de comunicación.

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