La escena es fácil de reconocer. Varias personas se conectan desde ciudades y husos horarios distintos. Sobre la mesa ya hay un nombre, un calendario, un presupuesto y varios compromisos asumidos con el financiador.
La reunión empieza con una frase prometedora: “Queremos co-crear este proyecto con vosotros”.
Llegan ideas, preguntas y propuestas. A medida que avanza la conversación, se descubre que algunas decisiones apenas tienen margen. Quizá pueda adaptarse una actividad, pero el presupuesto ya está distribuido. O se pide a una organización local que movilice a la comunidad, aunque no haya participado en la definición del propósito.
La conversación puede seguir siendo útil. También deja al descubierto una diferencia importante: el número de personas invitadas y el buen ambiente del taller dicen poco sobre la influencia que tendrán después.
La co-creación en proyectos culturales internacionales se vuelve creíble cuando los socios entran a tiempo, saben qué decisiones pueden modificar, cuentan con recursos para participar y reconocen el efecto de sus aportaciones en el resultado. Los límites jurídicos, presupuestarios o institucionales pueden formar parte del proceso, siempre que se expliquen con claridad.
En pocas palabras, co-crear significa compartir influencia sobre decisiones relevantes y crear las condiciones para ejercerla. Para llevarlo a la práctica, hay que ordenar cinco cuestiones: qué puede cambiar, quién participa, cómo se reparten las responsabilidades, qué tiempo y presupuesto se requieren para sostener el trabajo y cómo se evaluará la colaboración.
Qué significa co-crear en un proyecto cultural internacional
Co-crear exige acordar cuánto se decide en común.
En una consulta, una organización escucha aportaciones y mantiene la decisión final. En el codiseño, varias partes definen conjuntamente objetivos o actividades. La coproducción comparte tanto la ejecución como la creación de resultados. La gobernanza conjunta extiende esa influencia a las prioridades, los recursos y los cambios importantes.
Estas formas describen diferentes grados de influencia; no constituyen una escala universal. Además, pueden convivir en un mismo proyecto.
Una institución quizá deba conservar la responsabilidad jurídica y, al mismo tiempo, compartir decisiones artísticas, presupuestarias o de comunicación. Lo importante es explicar con honestidad qué grado de influencia existe en cada fase.
Una consulta clara puede ser más respetuosa que una co-creación anunciada sin margen para cambiar nada.
Las directrices de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) sobre participación ofrecen una referencia útil: estos procesos necesitan espacio para influir, resultados esperados claros, tiempo, recursos y una retroalimentación posterior sobre el uso de las aportaciones.
A partir de ahí, propongo organizar el diseño en torno a cinco decisiones.
Decisión 1: aclarar qué puede cambiar
Antes de convocar a socios o participantes, conviene hacer un mapa de decisiones.
¿Pueden influir en el problema que abordará el proyecto? ¿En el enfoque artístico? ¿En las actividades, en los públicos, en el calendario o en el presupuesto? ¿Participarán en la comunicación y la evaluación? ¿Qué elementos vienen determinados por la convocatoria, el contrato o la responsabilidad legal?
En cualquier proyecto habrá decisiones fijadas de antemano. Esos límites pueden ser razonables e incluso necesarios. La dificultad aparece cuando los socios los conocen tarde, después de haber participado con la expectativa de que aún podían influir en ellos. La frustración nace entonces de la distancia entre el margen que parecía abierto y el que realmente existía.
Conviene explicarlo desde el principio: “Este objetivo ya está acordado, pero podemos decidir juntos las actividades, la distribución de recursos y la forma de presentar los resultados”.
También conviene explicar qué ha ocurrido con las propuestas recibidas. Cuando una idea no puede incorporarse, el equipo debería comunicar el motivo y señalar qué aportaciones sí han modificado el proyecto. Así, quienes participaron pueden reconocer el efecto de su intervención, aunque el resultado final no recoja todas las propuestas.
Decisión 2: decidir quién participa y cuándo entra en el proceso
Cuando un socio local se incorpora después de que se hayan tomado las decisiones principales, su margen suele reducirse a adaptar o desarrollar actividades ya definidas. Su conocimiento puede mejorar mucho el resultado, pero llega demasiado tarde para orientar el propósito y las prioridades.
Incorporarlo desde las primeras fases permite discutir ese propósito, detectar supuestos erróneos y adaptar el diseño al contexto. También ayuda a identificar qué personas y qué perspectivas siguen faltando.
Aquí, la representación y la influencia deben analizarse por separado. Una persona puede aparecer en todas las fotografías y seguir teniendo poco peso en las decisiones. También puede ocurrir que una organización sea tratada como la voz de una comunidad mucho más diversa.
El marco de European Union National Institutes for Culture (EUNIC) sobre colaboración justa invita a revisar las desigualdades y relaciones de poder presentes en las relaciones culturales. Sus materiales trasladan esa reflexión a distintos momentos del proyecto, desde la preparación hasta la evaluación.
En la práctica, participar requiere traducción, accesibilidad, conectividad, tiempo de preparación, desplazamientos y horarios compatibles. Una invitación sin estas condiciones deja la participación al alcance de quienes pueden asumir su coste.